ESTILO Y TIEMPO en Albert Oehlen

Entre la abstracción y lo figurativo oscila la ausencia de racionalidad vigente en la obra de Albert Oehlen. La semántica de su obra es desvelada en palabras del propio artista: «Que cada uno piense lo que quiera. Me aburre hablar de significados. No busco entendimientos ni complicidades con el público. Cada cual es libre de sus sensaciones.», lo cual señala un interés por el destierro de cualquier orden de significantes que conduzca a un referente, invitando así a la multiplicidad de interpretaciones sensoriales.

El imaginario pictórico que recorre su trabajo es coetáneo al momento histórico en que se produce. Las técnicas, plegadas al conceptismo de su producción, se obtienen de una síntesis análoga que fluctúa en la modernidad tecnológica, sin una ruptura definitiva con los medios que anteceden. Las tonalidades marrones vienen a definir los espacios que refieren a su primera etapa neo-expresionista, donde los contornos se ven interpelados por superficies de otra naturaleza; así, observamos la superposición de técnicas como la fotografía y la pintura en una misma composición, al servicio del cuestionamiento de la lógica espacial.

 

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Raum, 1984

 

Llegados al año 1988, el lenguaje pictórico de Oehlen torna hacia una deriva abstracta, fruto de la reflexión histórica y estética que anhela un punto de encuentro. En muchas de las obras de este periodo, es posible identificar cierta alusión a realidades figurativas, no exenta de reminiscencias surrealistas. El característico empleo del color y la vehemencia en la pincelada dotan de una atmósfera personal a estos lienzos, y funcionan a modo de hilo conductor.

Para el ojo que observa, es posible percibir la confusión generada por las formas, colores, trazos, texturas, direcciones, que recorren todo el conjunto de las obras abstractas. Para ese mismo ojo, el propio autor explica de manera concisa: «no me interesa el caos sino el orden sin control». El universo representativo de estas obras posee una substancia o demiurgo que estructura, dentro de los angulosos confines que encierran lo pintado, la potencial cantidad de interpretaciones y percepciones que conciernen al espectador.

 

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Sin título (Tablero de ajedrez) [Ohne Titel (Schachbrett)], 1988
Óleo sobre lienzo      
195 x 195 cm

 

La industria hace lo suyo y alimenta el cauce de innovaciones surcado por la producción en masa. Cada vez cobra más importancia el lenguaje publicitario y el mundo del arte no pasará este hecho por alto. Sin embargo, al contrario que el viejo Warhol, Albert Oehlen no sigue el juego a los poderes capitalistas de su era, sino que lleva a cabo una intervención meditada en el tiempo que le acontece, de la cual deja una profunda marca en sus composiciones. Esta marca temporal no va asociada solamente al conceptualismo de su obra, sino que la hallamos ya presente con la inclusión de las novedades tecnológicas en su quehacer artístico..

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Sin título, 1994
Serigrafía y acrílico sobre lienzo
280 x 520 cm

Buen ejemplo de ello son sus Pinturas por ordenador, de la década de los noventa. Con acusado primitivismo tecnológico en cuanto al trazo y la abundancia de pixelado, Oehlen aborda en la pantalla de su ordenador una continuación del lenguaje abstracto que había comenzado sobre un lienzo. Los primeros programas de dibujo virtual le sirven para estar en la vanguardia artística, dejando con ello un valioso testimonio que sumar al conjunto de su trabajo a través del lenguaje abstracto, en armoniosa consonancia con los avances definitorios de su época.

Más recientemente, Albert Oehlen ha venido culminando una serie llamada Árboles (2013-2016). En esta serie, la abstracción es ya una constante en su lenguaje y parte de un consolidado estilo propio. Cada una de las composiciones se realiza sobre un soporte de aluminio cubierto de polietileno –alquimia que recuerda los experimentos llevados a la práctica por su maestro, Sigmar Polke, pese al azar del hallazgo por parte de Oehlen: «No es que buscara otra superficie, simplemente un día la probé y me gustó».

Las cartelas que rezan «Sin título», podrían tener el objetivo de no condicionar al receptor en su experiencia visual y estética, pero a continuación, se observa el número de cada obra junto a la palabra «Árbol»; el rótulo especifica el contenido de la serie. La elección precisa del color, magenta sobre fondo blanco, en contraste con la abstracción formal del árbol, viene a conformar un todo unitario que persiste en el reflejo de las imágenes que la retina contiene y prolonga el sentido de la vista. Presencialmente, la magnificencia de estas obras irrumpe en el espectador que se detiene frente a ellas, entrando a formar parte de su potencial expresivo.

 

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Sin título (Árboles 1, 28, 69, 68)
Óleo sobre Dinbond

 

El sujeto que niega la influencia pinta con la verdad de su arte, sin obviar el blanco de la tradición para ser capaz de acometer el centro de la misma. El hombre que discurre emancipado de las convenciones sociales sentencia: «Antes de que pintéis vosotros, prefiero hacerlo yo».

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PRODUCCIÓN DE ESPEJISMOS

La locura está en el otro y la razón es un proceso impuesto. El universo simbólico del absurdo no sólo tiene cabida en la literatura, el arte, el cine o cualquier expresión producida por el hombre, sino que puede traspasar las fronteras de lo meramente artístico. La novela “El Proceso”, del checo Franz Kafka, ofrece al lector la posibilidad de cuestionar el orden racional que nos rodea, mediante la maestría de una prosa inseparable de la esencia misma del ciudadano del siglo XX-XXI.

Es habitual presentar el dualismo entre la obra y la vida de Kafka, al cual se le considera como dibujante de sus pesadillas (E.L. Castellón), que más tarde se extienden a las pesadillas de la sociedad contemporánea al autor y a las sociedades posteriores. Pese a la importancia que sin duda merece la biografía en este caso, a continuación, vamos a centrarnos en el pensamiento que subyace a la novela inacabada de Kafka y publicada, como toda su obra, por su amigo y confidente Max Brod, tras morir a la temprana edad de 40 años.

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La mañana de su cumpleaños, Josef K. presencia su detención sin motivos aparentes. Este hecho incoherente, será el comienzo de un proceso ineludible para el protagonista durante el año en que transcurre la novela. Sabemos por sus diarios íntimos, que ningún proyecto ni meta precisa movió a Kafka a la redacción de “El Proceso”; esa atmósfera de inconsciencia oscila de principio a fin sobre la historia. A lo largo de la misma, utiliza las descripciones minuciosas del entorno, el clima y los ambientes para reforzar la psicología del personaje. Así, nos encontramos en un escenario urbano y gris, donde es habitual la llovizna y la niebla, que generan una pulsión permanente de angustia y que acompañan el curso de la narración sin detenerse.

El proceso judicial, desde la primera detención, transforma el entorno del personaje y pasa a condicionar el sentido de sus acciones. La posible condena por parte del tribunal implica una estrategia de defensa. El hecho de prepararse para ello, torna en asunto de primera importancia para Josef K., que terminará por abandonar todas sus ocupaciones en favor de su defensa. Actuará acorde a lo que se presupone de un acusado a la espera de juicio y sentencia.

El proceso, se produce sin razón aparente: simplemente es. Podemos hablar del proceso como producción. El entorno y el sistema producen dicho proceso, que se ramifica abarcando cada extremidad de la vida de un sujeto, sea o no culpable. El pensamiento de culpa está presente y es el motor que genera las actuaciones. En este caso, resulta conveniente hacer referencia a la producción de producciones establecida por Deleuze: lo que se produce es producción, sin importar la naturaleza de la misma (producción primaria).

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Llegados a este punto, alcanzamos a comprender que todo es producción. Girar la vista alrededor es garantía de observar infinitud de procesos completamente arraigados en la sociedad, que son racionalizados únicamente por la lógica del mercado y su producción de producciones. La cuestión es producir para consumir y que la maquinaria no se detenga. Eso justifica todas las realidades que se normalizan y por ello no alcanzan a ser procesadas de manera consciente.

Todo, hasta el paso del tiempo, acaba por plegarse a las imposiciones racionalizadas por el entorno, por el sistema. Esta visión que extraemos de “El Proceso”, sin lugar a dudas levanta fricciones respecto a la realidad que asumimos día a día como cotidiana, cómoda y razonable. Las conductas que rozan lo paranoico o patológico son cada vez más destacables entre nosotros, sujetos tendentes a la racionalización de casi todo. Conviene tener presente que el absurdo no es sólo cosa de la literatura, sino que forma parte de otras dimensionas y construcciones de lo social por parte del hombre y sus políticas. A través de obras como “El Proceso”, los grandes maestros del pensamiento facilitan resistir mejor los espejismos del consumo en el mundo que habitamos.

Publicado en el nº8 de la revista Maremágnum.

EL PARAGUAS DE LA CULTURA

Es habitual encontrarnos con el término “cultura” utilizado como eslogan en diferentes medios, ya sean informativos, políticos, publicitarios o educativos. Se nos presenta la cultura o lo cultural como bandera, únicamente, de lo bueno o recomendable. Tal como nos decía Gustavo Bueno, la cultura se ha convertido en un mito, lo cual, al mismo tiempo, puede ser un timo perfecto.

La idea tradicional de cultura subyace en el “Mito de Prometeo” de Platón, pero aparece por primera vez definida como término en una metáfora que utiliza el escritor romano Cicerón (s. I a.C.) en relación a la agricultura. En esta idea tradicional, la cultura es un tipo de conducta individual, aprendida; lo cultural es evolución, es todo lo aprendido ya sea bueno o malo.

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A partir de finales del siglo XVIII, surge en Alemania el “Volkgeist”: espíritu del pueblo. Tras dicho surgimiento, emerge una idea nueva de cultura asociada a la colectividad. Los pueblos se diferencian unos de otros mediante su identidad cultural, es decir, unas señas de identidad unidas por un mismo espíritu. En este momento, la cultura pasa a ser el valor por excelencia, puesto que hace a un hombre ser hombre y distinguirse del resto, ya sean otros hombres, otra raza u otra especie (animales).

Llegados a este punto, es conveniente resaltar el nacimiento del relativismo cultural: todo depende de la cultura y todas las culturas son iguales en valor y en derechos (principio de la isovalencia); nace el hombre como animal cultural. Todo dependerá de la cultura de cada pueblo. Todo lo que sea cultura tendrá derecho a existir, porque toda la cultura es buena y respetable.

Mediante los intereses de las ideologías, hemos perdido el valor objetivo de la cultura, es decir, aquellos valores que constituyen las técnicas, los saberes y sus productos. En este sentido, la cultura objetiva lo es, independientemente que sea buena, mala o perversa. El hombre es fruto de la cultura objetiva en cuanto a su sentido más trascendental. Sin ella, no hubiera sucedido la inversión antropológica y el paso de animal a hombre. Los lenguajes y las instituciones son claros ejemplos de dicha cultura.

Las últimas tendencias socioculturales tienden a igualar la sabiduría al bien o la bondad, lo cual no puede estar más alejado de la realidad. Cultura no es sólo aquello intelectualmente provechoso o satisfactorio para un orden determinado. La cultura de los objetos, la cultura del capitalismo, la cultura bélica, tienen el mismo valor cultural y constitutivo que un patrimonio artístico. En el caso de las guerras, podemos definirlas como hechos culturales y sin embargo no son buenas.

El uso limitado y generalizado del término que venimos analizando se corresponde con poderes políticos y económicos de enorme influencia, que de manera interesada, encauzan diferentes realidades al servicio de su propio rédito, vaciando así parte de su esencia y su significado. La elección coartada de cargas positivas asociadas a conceptos de alcance ilimitado, obviando el resto de acepciones, genera banalidades en cuanto al desarrollo de una comunidad, que poco a poco va coartando su amplitud de miras y acotando el terreno donde asentar las bases para la reflexión y el pensamiento, tan pasados de moda a día de hoy.

En ocasiones, la búsqueda ciega de la comodidad y, en definitiva, de la felicidad prolongada, son las responsables, digamos,  del empobrecimiento sociocultural. Solamente una selección interesada de lo bueno y confortable de las cosas, como el uso aprovechado del término cultura con carga o acepciones nada más que positivas, sin darnos cuenta, puede traer serias bajezas. Pues, como ya dijo el poeta y el hombre aniquilado por la historia, Georg Trakl, en extrema lucidez: “Sólo aquel que desprecia la felicidad obtendrá la consciencia”.

 

Publicado en el nº7 de la Revista Maremágnum.

 

 

FACEBOOK, el confesionario moderno.

La iglesia católica, en cuanto a institución y como principal fuente consagrada y aglutinadora del poder sobre la vida de la sociedad occidental, durante un largo y prolongado período de tiempo de nuestra historia cumplía las funciones básicas asociadas a cualquier sistema de gobierno. El poder pastoral se corresponde con el centro de los análisis filosóficos de Michel Foucault y que él mismo sintetizó como: “el poder es el pastor del hombre”. La función del pastor es conducir al rebaño, a la manada. Lo que la Iglesia demanda de todos los sujetos, pecadores de nacimiento, es que confiesen sus pecados. La confesión ante el cura tiene un efecto balsámico que libera y limpia al hombre, pero a la vez instaura una relación de poder; el cura conoce los pecados del pecador, pero no a la inversa. Este poder, controla a los individuos utilizando la fe; es decir, se asienta sobre la creencia y el temor a Dios y al castigo divino.

De acuerdo a esto, la Iglesia es el organismo que controla a los sujetos. En la época moderna, este poder pastoral se desplaza al estado, independientemente del modelo político y socioeconómico del mismo; al margen de toda ideología de poder. ¿De qué manera puede ocurrir dicho traspaso de poder, si en el estado moderno desaparece el cura como figura clave de dominio sobre la población? Este traspaso del que hablamos, ha ido produciéndose de diferentes formas: bien sea mediante cuerpos represivos del estado, la escuela o diversos métodos de sometimiento y castigo por la violación de la ley. El poder, siempre ha ido asociado a la resistencia al poder. Lo dominable era lo visible del sujeto, el hombre en cuanto a entidad corpórea. Podía dominarse lo que se conocía mediante la observación y la confesión; lo visible, de alguna manera. Los métodos de tortura, desde la explotación física más rudimentaria,  pasando por la cercana terapia de choque y electroshocks, hasta los departamentos de espionaje, perseguían obtener información del individuo para controlarlo de la manera más efectiva.

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Llegados a este punto, vamos a centrarnos en el aquí y en el ahora que nos circundan. Internet supone, en la mayor parte del planeta, el medio más importante para comprender las relaciones de todo tipo en la actualidad. Las redes sociales ocupan un papel fundamental para la comunidad, unido también al del objeto indispensable de devoción: el Smartphone -devoción es igual a sumisión. Analizar el comportamiento de las personas y el uso que hacen de la red es clave si pretendemos entender cómo se articula el modelo de estado en el que vivimos y de qué manera se ha actualizado el poder pastoral antes mencionado. Cabe destacar, en este punto, la existencia del Big Data: la mayor base de datos existente, donde se almacenan, se procesan y se analizan los mismos para usos comerciales, estadísticos, etc.

El individuo de hoy no se siente vigilado, sino incentivado a opinar, a exhibir sus gustos, a desnudarse…en definitiva, a autoexplotar su físico y su psique –parte consciente e inconsciente de nuestra conducta. La gente busca reconocimiento mediante su exposición sin límites en todo momento, y nada funciona mejor que el sistema de clic en el Me gusta como el refuerzo perfecto. Facebook, a la cabeza de las redes sociales, supone la nueva forma moderna de control disciplinario, de chantaje sobre la modernidad; ya no es necesaria la coacción. Ha sustituido al antiguo confesionario, pasando a ser –perfecta metáfora social- el panóptico del momento. De esta manera analiza el filósofo y teólogo surcoreano Byung-Chul Han nuestro contexto más inmediato, actualizando las principales corrientes filosóficas a partir de los años cincuenta.

Las nuevas generaciones y las venideras, en apariencia más libres, más dotadas para la diversidad en la atención y para el pensamiento analítico, pueden convertirse en los mayores siervos de la historia. La inmediatez, la comodidad, la pereza institucionalizada y la falta de visión crítica, en favor inconsciente de los grandes poderes, están lográndolo con extrema facilidad. El exceso de comunicación abraza el exceso de control, lo que se traduce en explotación de la libertad. La sociedad en su conjunto es más predecible y el consumo no se reprime, sino que se multiplica, potenciando el control psicopolítico del futuro. Así asistimos -meros espectadores-, a la contemplación desoladora del Ángelus Novus –pronosticado por Walter Benjamin-, convertido en nuestro triste paisaje histórico.

Poema XVIII

Todo el deber que oprime el pecho

es la música silenciada

mientras afuera quedó

cansancio solamente;

 

sonido hueco de las horas

que no discurre emancipado

a la piel y sus residuos

de otra noche que fue,

 

para la clandestinidad,

un transitar por aledaños

a tener en la presencia,

cuando mirar se pueda

el tramo recorrido.

 

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